Rosalina nació en 1929 el día de San Antón, en un pequeño pueblo de Isegobia llamado
Sacramenia. Con edad suficiente para recordar ya, vivió una guerra civil que, según decía ella,
allá en el pueblo no se notó mucho, pues al vivir su familia del campo y tener algunos
animales no pasaron hambre. También ocurrieron cosas malas, decía, pero de eso no le gustaba
hablar. Cuenta también que algo de una guerra mundial pasó después, pero eran pocas las
noticias que llegaban al pueblo de eso. La mayor de cinco hermanos la mandaron a Madrid, a ella sola,
a casa de un familiar, como ocurría muchas veces en aquellos tiempos, pero al final toda la familia
terminó reunida en una casita baja del barrio de Hortaleza. Era una familia trabajadora y cumplidora
a la que por suerte nunca les faltó trabajo y comida que llevarse a la boca. Ya siendo joven,
empezó a trabajar en una empresa de esmaltados y allí conoció a Cecilio Martín, al que todo el
mundo y sin saber muy bien por qué, le llamaba Tini. Con el paso del tiempo ya se sabe que por
entonces lo normal es que las cosas de novias gos fueron más despacio. Comenzó a salir con él
a escondidas de sus padres y sobre todo de sus jefes. Recordar que vivían en una sociedad
diferente a la de ahora y no todas las mujeres trabajaban y en muchas empresas no se permitían
las relaciones de pareja entre sus empleados, por lo que cuando se enteraron en la empresa,
esmaltados Vicente Negro, decidieron prescindir de ella. Pero Tini les dijo que él también
dejaría la empresa y como a él le tenían en muy buena estima decidieron hacer la primera excepción
y permanecieron allí juntos trabajando, ella en el servicio de limpieza y él como esmaltador.
Sin muchos lujos y trabajando bastante para ahorrar un poco de dinero, compraron su primera casa,
una de las casas bajas del barrio de Arturo Soria y esas que más tarde pegarían el pelotazo y valdría
una fortuna pero de la que ellos no llegaron a ser partícipes en todo su esplendor. Se casaron el
5 de junio de 1950, pero lo de blanque y radiante bala novia no iba con ella y se casó vestida con
un sencillo y elegante traje negro. Algo más tarde nacería un hijo que según le dijeron las
monjas donde nació lo hizo muerto pero nadie vio el cadáver del niño, nadie supo dónde lo enterraron
ni le dieron partida de defunción, solamente les explotaron, sois una pareja joven y sana,
veréis como en nada tenéis más hijos, un duro trago para una pareja joven y descalzos recursos.
Ya en 1952 efectivamente volvieron a quedarse embarazados, la primera en llegar fue Rosa,
dos años más tarde Francisco y algo más descolgada Ana, nueve años después que Francisco,
quedando cerrada la familia al completo. Tras los embarazos Rosalina trabajó como asistenta del
hogar en casas durante la mañana y en un colegio del barrio en el servicio de limpieza al terminar
las clases los chiquillos. Se daba unas buenas palizas pero como ella decía no tuve oportunidad
de estudiar más que lo básico pero me enseñaron a hacer las cosas bien y esa filosofía la acompañó
toda su vida. Pasó el tiempo y vio cómo se iban sus hijos de casa y cómo iban llegando los nietos,
en nada de tiempo cuatro, la quinta se hizo esperar algo más. Por los pocos ahorros que tenían en la
década de los 80 pudieron comprarse un pequeño terreno en Paracuellos del Jarama, muy cerca del
camino del Cetme donde aún seguirían haciendo maniobras militares por bastantes años. Se jubiló
a mediados de la década de los 90 y siguió viviendo en el barrio de Arturo Soria en su
casita y cada vez más tiempo en Paracuellos donde se hacían cargo de los nietos durante buena parte
del verano. Son años tranquilos en los que disfrutar de la familia y en los que tanto ella
como su familia fueron muy felices hasta que en 2009 fallece de forma repentina Tini. Únicamente
vivían ya en Paracuellos y ella quiso seguir estando allí aunque estuviera sola y en la zona
no estuviera muy habitada, pero el tiempo seguía pasando y para finales de 2018 su salud se va
resistiendo y accede a vivir en casa de su hija mayor. Rosalina siempre ha sido de no molestar más
que lo mínimo imprescindible, por lo que una noche se levanta y a oscuras se va al baño con
tanta mala suerte de que se cae y aplasta varias cervicales de las más cercanas al cuello y termina
apostrada en un hospital con un collarín de escayola durante seis meses, apenas comiendo pero
sacando ganas de seguir viviendo. Tras el paso por el hospital deciden que va a necesitar ayuda
a las 24 horas y lo mejor será que a partir de ahora viva en una residencia. Primero en Morata
de Tajuña, luego en Chinchón y finalmente en Las Matas. En enero de este año 2020 por su 91
cumpleaños se juntan allí todos los familiares que pueden asistir. Rosalina seguía contando a
todos los que querían escuchar que había estudiado nada más que lo básico, que ella no quería
molestar más que lo justo y que el que no tiene cabeza tiene pies. Últimamente le dio por soltar
muchos refranes, a cada ocasión que podía soltaba uno. Y bien es cierto que de una parte a este
tiempo la veía más cansada con la vida pero seguía mostrando su mejor sonrisa. Llegó la pandemia
a España, se fue extendiendo por todo el territorio y por numerosas residencias y entre ellas la de
Rosalina. Los trabajadores del centro hicieron lo imposible para que sus mayores no enfermaran pero
ella acabo teniendo fiebre y necesitando de oxígeno para pasar los días. Se mantenía estable,
no empeoraba pero tampoco mejoraba del todo. Pudo hacer una videoconferencia el 26 de marzo con su
hija pequeña y se la veía igual que en el día de su cumpleaños, diciendo sus refranes a todas
horas y con ganas de molestar más que lo mínimo imprescindible al resto de la gente que vivía con
ella. Tan sólo unos días después de esa videollamada hubo una llamada telefónica a sus
familiares para informarles que los test que acababan de empezar a realizar en la residencia
les salía positivo al coronavirus y que pasaban a aislar a Rosalina en una parte de la residencia.
Otra nueva llamada les informó que la residencia ya no podían darle los cuidados que debían y que
había que llevarla al hospital Puerta de Hierro. Ya para entonces Rosalina no se entera muy bien de
qué ocurre a su alrededor. Al llevarla al hospital le cuesta oír lo que le dice, no conoce a nadie,
de la gente a la que ve, pero como para conocerles si todos van con mascarillas,
gafas y guantes. Otro nuevo traslado de hospital sin entenderlo sus familiares ni ella, que ya lo
único que puede hacer es dejarse llevar. Le cuesta respirar pues a esas alturas está con una pulmonía
bilateral y además con sus años le cuesta todo un mundo. Los familiares se temen lo peor y las
sospechas se hacen realidad el 1 de mayo a las 6 de la mañana. Las casualidades de la vida Rosalina
deja este mundo el día del trabajador. La historia de Rosalina es la misma que la de muchos de los
hombres y mujeres de su generación que han fallecido por culpa del coronavirus estos meses
de marzo, abril y mayo. Podría ser la historia de cualquiera de los 24 mil 824 fallecidos que había
a día 1 de mayo. Cualquiera de los 281 fallecidos que se contabilizaron en España ese día. Incluso
cualquiera de los 46 que fallecieron en Madrid. Pero Rosalina era mi abuela. Descansa en paz.